Dinastías y soberanos: jugando a ser Dioses - Por Abril Uscanga Barradas

27/11/2017

Nunca vivió bien la crueldad con la valentía


Don Quijote de la Mancha 


En África, Zimbabue es únicamente la representación de una de las zonas en las que se han mostrado los efectos de la perversión del poder, los peligros de la falta de alternancia, la violación a los valores democráticos, los fraudes electorales y apariencias democráticas que convierten a los gobernantes en caricaturizaciones de soberanos vitalicios que llevan al país a la miseria, sin remordimientos.


Diversas regiones del continente africano han sido seducidas por las ambiciones de sus gobernantes por preservarse en el poder o suceder a su familia, siendo algunos ejemplos de esto los casos de Togo -regida durante los últimos 50 años por  la familia Eyadema-, Gabón -con la familia Bongo-, Guinea Ecuatorial -con la familia Obiang-, Uganda -con la familia Museveni-, y República Democrática del Congo -con la familia Kabila-. Estas conductas parecen convertirse en lo terriblemente común en la historia de África.


Es necesario cuestionarse si se podría decir que Zimbabue se ha alejado de un destino que parecía escrito, pues tras la renuncia que en días pasados presentó Robert Mugabe, quien dejó la presidencia después de 37 años, logrando así ser considerado como el segundo presidente africano que más tiempo ha alcanzado mantenerse en el poder, parece que se abren nuevas perspectivas para este país del sur de África. 


El ahora exmandatario Mugabe, “ganó” constantemente las elecciones durante todo ese tiempo, pero los últimos 15 años de su mandato se vieron envueltos en acusaciones de dura violencia contra sus adversarios políticos y, después de las especulaciones de sucesión que favorecían a su esposa, perdió el apoyo del  Parlamento y del ejército, con lo que se desvanecieron las posibilidades de sucesión de su consorte y se reafirmó que  será el exvicepresidente Mnangagwa quien tome posesión como presidente provisional, hasta septiembre de 2018.


La pregunta fundamental es ¿esto recuperará a Zumbabue? Un país sujeto a un agujero negro en el sistema financiero, en el que su Producto Interno Bruto (PIB) se redujo en un 50% entre los años 2000 y 2008, con una hiperinflación con una tasa de 231 millones por ciento que obligó a abandonar su moneda nacional -el dólar zimbabuense-, divisa que llegó a cotizarse a una paridad de 35 cuatrillones por un dólar estadounidense (actualmente se usan varias monedas, incluyendo el dólar estadounidense y el rand sudafricano); un país en el que cerca del 27% de los niños tienen un retraso en el crecimiento debido a la desnutrición; un país en el que un quinto de su población vive en extrema pobreza, con menos de 1,90 dólares al día; un país con una tasa de desempleo estimada en un 90 por ciento; un país con epidemias de VIH/SIDA, con una tasa de infectados del 13.5 de la población adulta; un país en el que solo un 43% de los hogares tiene una radio, un 37% un televisor y un 10% una computadora; un país con más de tres millones de personas que se han convertido en exiliados económicos; un país con una economía que está por contraerse 2.5 por ciento este año, según cifras del Fondo Monetario Internacional.


En general, será difícil que con sólo esta transición, un país con muchas debilidades, especialmente las debilidades de sus gobernantes, que revelan excentricidades, ambición del poder, avaricia y egoísmo, pueda apartarse de ese lamentable futuro que parece envolver inexorablemente a la gran mayoría de las naciones africanas. Por lástima, el cambio de presidente no convertirá instantáneamente a Zimbabue en un país democrático, ni remediará sus defectos, sino que esta sucesión sólo le brinda un rayo de esperanza, un breve destello para salir del espiral vicioso de la perpetuidad del poder en manos de una familia. Esperemos que este cambio no implique simplemente pasar de una presidencia vitalicia a otra.


 


Imagem Ilustrativa do Post: Water (Africa) // Foto de: Arsenie Coseac // Sem alterações


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