Es la Modernidad / é a Modernidade – Por Rosivaldo Toscano Jr.

Es la Modernidad / é a Modernidade – Por Rosivaldo Toscano Jr.

Por Rosivaldo Toscano Jr. – 29/06/2016

ES LA MODERNIDAD

Estábamos pasando un final de tarde a orillas del mar, buscando conchitas para las setas de las flechas. Vimos, a lo lejos, unas tres manos de canoas que poseían troncos muy altos y rectos, con unas grandes hojas blancas. Tales canoas eran infinitamente mayores de lo que las que producimos para la pesca o para los festejos de la tribu. Nos preocupamos. ¿Seria alguna tribu enemiga? Probablemente no, ya que no era posible navegar en el mar profundo. ¿Serian dioses? Tal vez.

Hicimos una reunión aquella noche, alrededor de la hoguera. Rogamos a los Dioses de la naturaleza para que nos protejan. Nos preguntábamos si algo malo había pasado, se el tótem había sido violentado. Estábamos aprehensivos.

Temprano por la mañana, nos escondimos en la orilla y observamos. De adentro de las gigantescas canoas paradas en la entrada de la bahía, salieron otras menores. Hombres cubiertos de algo que parecían pieles muy finas, cargando bastones relucientes a la altura de la cintura y otros objetos que nunca antes habíamos visto, entraron en las canoas. Y remaron. Remaron. Remaron. Desembarcaron en la playa.

Esos hombres que increíblemente tenían cabello en sus rostros y pieles del color del núcleo de la yuca, se acercaron a la hierba costera. Contamos unas tres manos y media de hombres, apenas. Estábamos en mayor número y pintados para la guerra. Decidimos imponernos, saliendo de la hierba al mismo tiempo cincuenta manos de hombres armados de tacapes y flechas.

Ellos pararon y hasta retrocedieron un poco en dirección a sus canoas.

Uno de ellos se llenó de objetos y se aproximó lentamente hasta una cierta distancia que nos permitió ver que sus ojos eran del color del cielo. Él sonrió con aquella boca cubierta de cabellos y dejó en la arena de la playa tales cosas, retornando a la canoa.

Esperamos. El curaca, entonces, dio la orden al más intrépido de los guerreros para que capturase aquellos regalos y los trajese hasta la línea donde empezaba el campo cerrado. El guerrero caminó veinte pasos largos, recogió todo y regresó corriendo.

Había objetos brillantes, de colores nunca vistos. Uno de ellos mostraba el rostro de quien se parase adelante, como se ve en el agua de una naciente del rio, pero mucho mejor. Nos quedamos maravillados con esos seres. ¿Serian dioses tan buenos que nos hacían regalos sin haberles pedido nada? Probablemente sí. Aún nos preguntábamos.

Con los regalos, tuvimos la seguridad de que venían en paz. Pudimos aproximarnos. Ellos entonces nos preguntaron, con gestos, donde conseguirían agua y un poco de comida. Mostramos la naciente más cercana y les dimos una parte de nuestra harina de yuca – que no conocían, pero que apreciaron mucho. Ellos tampoco conocían el maíz, la papa, el tomate, el caju, la piña y tantos y tantos otros frutos originarios de nuestra tierra.

Luego después, más hombres bajaron de las inmensas canoas. Eran unas cien manos de hombres. Demasiada gente cabía en aquellas canoas. No había mujeres.

Con el pasar de los días, sin embargo, descubríamos algunas particularidades de ellos. Ellos olían muy mal y no se bañaban. Sus dientes, al contrario de los nuestros, eran enfermos, y sus bocas exhalaban un mal olor. Unos insectos muy pequeños vivían en sus cabezas, chupándoles la sangre y luego también comenzaron a contagiarlos a nuestra tribu y a enfermarnos. Esos hombres trajeron otras enfermedades que para nosotros eran muy peligrosas, pues no estábamos acostumbrados a ellas, nuestras raíces conocidas no las combatían. Ellos también veneraban unos tótems coloridos y una imagen de un hombre con los brazos clavados en unos troncos cruzados que ellos nos señalizaron que era un dios. Nos preguntamos: ¿Cómo puede ser un dios un hombre amarrado a dos troncos?

Ellos nos mostraron unas piedras doradas y preguntaron en donde podrían encontrar más. Había muchas de aquellas piedras en las áreas en donde se quedaba nuestra tribu. Para nosotros, esas piedras no valían nada, pero percibíamos que se ponían muy contentos cuando encontraban una y nos retribuían con regalos coloridos.

Ellos tenían un comportamiento extraño. No respetaban la floresta ni temían a los dioses. Tenían objetos relucientes que cortaban árboles y todo lo demás, sin dolor ni piedad. Tenían otros semejantes a un pequeño tronco, donde inserían un polvo negro y de donde salía un ruido como el trueno, humo y fuego y eran capaces de matar agutíes y otros animales con esos troncos de trueno. Parecía que se divertían al matar monos que después ni siquiera comían. No entendíamos como se podía matar sin una razón. Y eso delante de nosotros que, cuando matábamos algún animal, pedíamos perdón a su alma, explicando que eso era algo necesario para nuestra sobrevivencia.

Sin darnos casi cuenta, en pocos meses esos bárbaros fueron tomando todo de nosotros. Para ese entonces, ya lográbamos comunicarnos, pero todavía con dificultad, con aquellos hombres que hablaban una lengua extraña y nos llamaban de indios. Ellos decían ser de Europa, una tierra distante y que, de acuerdo con ellos, era muy próspera, pero que allá no había tantas florestas ni piedras amarillas, porque ellos las habían destruido. Nos preguntamos ¿Será que ahora van a venir a destruir nuestras florestas, como lo hicieron con las suyas? Sólo en ese momento percibimos cuán perversos eran. Pero ya era demasiado tarde.

A pesar de tanta maldad, ellos hacían rituales alrededor de aquella grande imagen del hombre clavado en la cruz, y nos obligaban a arrodillarnos para aquél tótem de palo y nos prohibieron de profesar nuestras creencias a los dioses de la naturaleza. Sus curacas y hechiceros, en ropas coloridas, decían que sería mejor así y que ellos eran los portadores de la bondad y de la verdad. Tendríamos, según esos hombres perversos, que aceptar la verdad de ellos. Quienes no la aceptasen, serían castigados o muertos, pues todo eso era para nuestro propio bien. En poco tiempo, ellos comenzaron también a tomar por la fuerza y practicar coitos con nuestras mujeres. Esos usurpadores hicieron con que muchos de los miembros de nuestra tribu y de las tribus vecinas, sean torturados y luego asesinados.

Impusieron su fuerza, su voluntad. Muchos de nosotros fueron encadenados por los pies y colocados a hacer servicios pesados. Nuestros guerreros morían porque se rehusaban a comer, pues ya no existía la vida sin libertad. Resistimos cuanto nos fue posible, incluso más allá de eso. Pero nos rebelamos, aún conociendo nuestro destino cruel, pues no teníamos los troncos de trueno y sus palos cortantes con los que nos torturaban y mataban. Nacimos o para ser libres o entonces, moriríamos por la libertad. Hubo una guerra.

En nombre de la bondad, nos hicieron tanto daño. En nombre de uno de su dios misericordioso, nos oprimían. En nombre de la esperanza, nos sacaron toda la que teníamos. En nombre de la paz, nos obligaron a la guerra. En nombre de la felicidad, nos trajeron tristeza y dolor. En nombre del amor, despejaron un odio inexplicable contra nosotros.

Para cada bárbaro que matábamos, ellos lograban matar veinte de nuestros guerreros con sus armas de trueno y sus bastones hechos de un material duro y cortante. Ellos tomaron nuestra aldea y mataron a los ninõs. Los guerreros que sobraron se adentraron en la floresta. Familias fueron destruidas. La taba fue totalmente devastada. Y el mal prevaleció.

En busca de nuestras riquezas, esos opresores que nos invadieron se arrastraron como plagas y se impusieron en todos los locales a los que llegaron, desde el estuario del Amazonas a la Cordilleras de los Andes y a los reinos Incas, así como a las tierras de los gigantes Tehuelches, que ellos llamaron Patagonia. Persiguieron a los Mayas y a los Astecas y los diezmaron, junto con los Jés, Tupis, Caetés, Guaianases, Potiguaras, Tamoios, Timbiras, Tupinambás y Tupiniquis. Todos sucumbieron.

Antes de su último suspiro, cuenta la leyenda, el curaca de nuestra tribu, ya vencido y mortalmente herido, preguntó a los bárbaros:

– ¿Qué es todo esto?

A lo que él le respondió:

– Es la Modernidad.

É A MODERNIDADE

Estávamos em um fim de tarde à beira-mar, buscando conchas para as setas das flechas. Vimos, ao longe, umas três mãos de canoas que possuíam troncos muito altos e retilíneos, com umas grandes folhas brancas. Tais canoas eram infinitamente maiores do que as que produzíamos para a pesca ou para os festejos da tribo. Preocupamo-nos. Seria alguma tribo inimiga? Provavelmente não, pois não era possível navegar no mar profundo. Seriam deuses? Talvez.

Fizemos uma reunião naquela noite, em torno da fogueira. Rogamos aos deuses da natureza para que nos protegessem. Perguntávamos se algo de errado havia ocorrido, se o totem havia sido violado. Estávamos apreensivos.

Logo pela manhã, escondemo-nos na orla e observamos. De dentro das gigantescas canoas paradas na entrada da baía, saíram outras menores. Homens cobertos de algo que pareciam peles bem finas, carregando cajados reluzentes na cintura e outros objetos que nunca havíamos visto, entraram nas canoas. E remaram. Remaram. Remaram. Desembarcaram na praia.

Esses homens que incrivelmente tinham pelos no rosto e peles da cor do miolo da mandioca, aproximaram-se da mata costeira. Contamos umas três mãos e meia de homens, apenas. Estávamos em maior número e pintados para a guerra. Resolvemos nos impor, saindo da mata ao mesmo tempo cinquenta mãos de homens armados de tacapes e flechas.

Eles pararam e até recuaram um pouco em direção às canoas.

Um deles se encheu de objetos e se aproximou lentamente até uma certa distância que nos permitiu ver que seus olhos eram da cor do céu. Ele sorriu com aquela boca coberta de pelos e deixou na areia da praia tais coisas, retornando à canoa.

Esperamos. O pajé, então, deu ordem ao mais destemido dos guerreiros para que capturasse aqueles presentes e os trouxesse até a linha onde começava a mata fechada. O guerreiro caminhou vinte braças, catou tudo e voltou correndo.

Havia objetos brilhantes, de cores nunca vistas. Um deles mostrava a face de quem lhe ficasse na frente, como se vê nas águas de uma nascente de rio, mas muito melhor. Ficamos maravilhados com esses seres. Seriam deuses tão bons que nos presenteavam sem que nada pedíssemos? Provavelmente sim. Ainda nos perguntávamos.

Com os presentes, tivemos certeza de que viriam em paz. Pudemos nos aproximar. Eles então nos perguntaram, com gestos, onde conseguir água e um pouco de comida. Mostramos uma nascente próxima e lhes demos uma parte de nossa farinha de mandioca – que não conheciam, mas apreciaram muito. Eles também não conheciam o milho, a batata, o tomate, o caju, o abacaxi e tantos e tantos outros frutos originários de nossa terra.

Logo depois, mais homens desceram das canoas imensas. Eram umas cem mãos de homens. Gente demais cabia naquelas canoas. Não havia mulheres.

Com o passar dos dias, porém, descobrimos algumas peculiaridades deles. Eles tinham um cheiro muito ruim e não tomavam banho. Seus dentes, ao contrário dos nossos, eram doentes, e suas bocas exalavam mau cheiro. Uns insetos pequeninos viviam em suas cabeças, sugando-lhes sangue e logo também começaram a empestar nossa tribo e nos adoecer. Esses homens trouxeram outras doenças que para nós eram muito perigosas, pois não estávamos acostumados a elas, e nossas raízes conhecidas não as combatiam. Eles também veneravam uns totens coloridos e uma imagem de um homem com os braços pregados entre dois troncos cruzados que eles nos sinalizaram ser um deus. Perguntamo-nos: como pode ser um deus um homem amarrado a dois troncos?

Eles nos mostraram umas pedras douradas e perguntaram onde achar mais. Havia muitas daquelas pedras nas áreas onde ficava nossa tribo. Para nós, essas pedras nada valiam, mas percebemos que eles ficavam muito contentes quando encontravam uma e nos retribuíam com presentes coloridos.

Eles tinham um comportamento estranho. Não respeitavam a floresta nem temiam os nossos deuses. Tinham objetos reluzentes que cortavam as árvores e o que mais fosse, sem dó. Tinham outros assemelhados a um pequeno tronco, onde inseriam um pó preto e de onde saía um barulho de trovão, fumaça e fogo e eram capazes de matar cotias e outros animais com esses troncos de trovão. Pareciam se divertir em matar macacos que depois sequer comiam. Não entendíamos como se podia matar um ser sem uma razão. Logo nós que, quando matávamos algum animal, pedíamos perdão à alma dele, explicando que aquilo era necessário para nossa sobrevivência.

Sem que percebêssemos, em poucos meses esses bárbaros foram nos tomando tudo. Aí já conseguíamos nos comunicar, ainda que com dificuldade, com aqueles homens que falavam uma língua tão estranha e nos chamavam de índios. Eles se diziam ser de Europa, uma terra distante e que, segundo eles, era muito próspera, mas que lá não mais havia tantas florestas nem pedras amarelas, porque eles as destruíram. Perguntamo-nos: será que agora virão destruir as nossas florestas, como fizeram com as deles? Só assim percebemos o quanto eles eram perversos. Mas já era tarde demais.

Apesar de tanta maldade, eles faziam rituais em torno daquela grande imagem do homem pregado na cruz, obrigavam-nos a nos ajoelhar para aquele totem de pau e nos proibiram de professar nossas crenças nos deuses da natureza. Seus pajés e feiticeiros, em roupas coloridas, diziam que seria melhor assim e que eles eram os portadores da bondade e da verdade. Teríamos, segundo esses homens perversos, que aceitar a verdade deles. Quem não a aceitasse seria punido ou morto, pois tudo aquilo era para o nosso bem. Dentro em pouco, começaram também a tomar à força e a praticar coitos com nossas mulheres. Esses usurpadores fizeram com que muitos membros de nossa tribo e das tribos vizinhas fossem torturados e depois mortos.

Impuseram, na força, sua vontade. Muitos de nós foram acorrentados pelos pés e colocados para serviços pesados. Nossos guerreiros morriam porque se recusavam a comer, pois não pode existir vida sem liberdade. Aguentamos o quanto foi possível, ou ainda mais além. Mas nos revoltamos, mesmo sabendo de nosso destino cruel, pois não tínhamos os troncos de trovão e os paus cortantes com que nos torturavam e matavam. Nascemos ou para sermos livres ou morrermos pela liberdade. Houve guerra.

Em nome da bondade, fizeram-nos tanto mal. Em nome de um deus misericordioso, nos oprimiam. Em nome da esperança, tiraram-nos o que havia dela em nós. Em nome da paz, obrigaram-nos à guerra. Em nome da felicidade, trouxeram-nos tristeza e dor. Em nome do amor, despejaram um ódio inexplicável contra nós.

Para cada bárbaro que matávamos, eles conseguiam matar vinte dos nossos guerreiros com suas armas de trovão e seus cajados feitos de um material duro e cortante. Eles tomaram nossa aldeia e mataram os curumins. Os guerreiros que restaram entraram mata adentro. Famílias foram destruídas. A taba foi totalmente devastada. E o mal prevaleceu.

Em busca de nossas riquezas, esses opressores que nos invadiram se alastraram como pragas e se impuseram em todos os locais que chegaram, do estuário do Amazonas às cordilheiras andinas e aos reinos Incas, bem como às terras dos gigantes Tehuelches, que eles chamaram de Patagônia. Assolaram os Maias e os Astecas e os dizimaram, juntamente com Jês, Tupis, Caetés, Guaianases, Potiguaras, Tamoios, Timbiras, Tupinambás e Tupiniquins. Todos sucumbiram.

Antes de seu último suspiro, diz a lenda, o pajé de nossa tribo, já vencido e mortalmente ferido, perguntou a um dos bárbaros:

– O que é tudo isso?

E ele respondeu:

– É a Modernidade.


Rosivaldo Toscano Jr..
Rosivaldo Toscano Jr. é Doutor em Direitos Humanos pela UFPB, mestre em direito pela UNISINOS, membro da Comissão de Direitos Humanos da Associação dos Magistrados Brasileiros – AMB, membro da Associação Juízes para a Democracia – AJD e juiz de direito em Natal, RN.

.


Imagem Ilustrativa do Post: Canoa da Casca de um Jatobá // Foto de: Eduardo Giacomazzi // Sem alterações

Disponível em: https://www.flickr.com/photos/giacomazzi/2363385234

Licença de uso: http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/legalcode


O texto é de responsabilidade exclusiva do autor, não representando, necessariamente, a opinião ou posicionamento do Empório do Direito.